Recibimos como media más de mil whatsapp diarios; compartimos en Facebook fotos de nuestras vacaciones, reuniones y celebraciones; subimos a Instagram o Snapchat instantáneas y videos de los sitios que visitamos, charlamos por Messenger con viejos y nuevos amigos, incluso con desconocidos. ¿Están cambiando las redes sociales nuestra forma de comunicarnos, de relacionarnos?.

Las redes sociales abren un amplio abanico de posibilidades para contactar con personas de otras ciudades, países o diferentes culturas,  interaccionar con ellas, intercambiar experiencias, conocimientos y sentimientos o activar iniciativas sociales, políticas o culturales, pero también conllevan su riesgo.

Según informes de We Are Social, agencia mundial de estudios sobre marketing y comunicación social, determinan que más de 3.400 millones de habitantes del planeta tienen acceso a internet y 2.300 millones de ellos usan regularmente las redes sociales. En España son 35 millones los usuarios de internet y 22 millones quienes cuentan con perfiles en las redes sociales.

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Ordenadores, tablet, smartphones, los trampolines a las redes sociales – Imagen de pixabay.com

Muchos creen que las redes sociales han revolucionado nuestras vidas en un sentido positivo; otros tantos, en cambio, piensan que se trata del nuevo opio del pueblo. ¿Hasta qué punto tenemos el control de ellas? Las compartimos en las redes sociales, sin filtros, sin pensar en qué medida nos exponemos. ¿Asistimos a un control de la población mundial: de sus gustos, preferencias, aficiones, preocupaciones sociales y laborales, ideología o sentimientos?.

Whatsapp ha revolucionado la comunicación. En tan solo siete años más de mil millones de usuarios se han descargado la app en sus smartphones o tablets. Mensajes, videos y fotos que llegan a cientos de personas.

¿Las redes sociales están cambiando el mundo?. Muchos usuarios indican, no sin cierta preocupación, que ya no podrían vivir sin ellas, que si no las utilizas te quedas fuera de la sociedad. De hecho en las consultas de psicólogos empiezan a abundar casos de adicción al móvil con cuadros de ansiedad, nerviosismo o agitación.

Tanto es así que han modificado nuestras vidas en pareja, relaciones sociales, hábitos y costumbres. Si la interacción en las redes sociales puede resultar satisfactoria, aún más lo es compartirla con nuestros grupos sociales más cercanos.

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Encriptación vulnerable, pérdida del sentido de comunidad, letargo general

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Internet esta plagado de manuales para vulnerar la encriptación de datos – Imagen de Rock1997

Supuestamente, tanto Whatsapp como Messenger encriptan todos los mensajes enviados,  Facebook borra aquellas publicaciones que elminamos o Snapchat asegura que se autodestruyen las fotos o videos que colgamos, pero  el sistema es vulnerable. Y para muestra un botón:  en internet circulan manuales y tutoriales al alcance de todos para quebrantar la encriptación. Nuestra vida personal y profesional está comprometida a golpe de clic.

Vivimos en medio de un revolcón de dimensiones desconocidas. Los más pesimistas –sociólogos, pensadores, o simples usuarios– afirman que las redes sociales producen una pérdida del sentido de comunidad, asistiendo a un letargo general.

La gente cree sentirse mejor, relacionarse más fácil, de añadir o eliminar amigos desde el sofá de casa con la facilidad de quien arroja un desperdicio a la basura. Pero, a veces, las redes sociales no ayudan al diálogo porque es sencillo evitar el debate o la polémica o bien porque elegimos lo que queremos leer u oír para nuestra satisfacción personal. Tremenda paradoja la de contemplar una mayor individualización de la sociedad cuanto más se dé uso erróneo a las redes.

Peligros de las redes sociales

Las redes sociales pueden ser útiles pero mal usadas pueden ser una trampa no exenta de numerosos riesgos: uso indebido de las fotos que publicas al escapar a tu control, suplantación de identidad en los perfiles de facebook, acoso o ciberbulling tan extendido entre adolescentes, problemas de privacidad debido a las amenazas de hackers –piratas informáticos– que con mínimos conocimientos informáticos pueden acceder a datos básicos de nuestras vidas (información de nuestros amigos, aficiones, fotos y comentarios).

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Joven conectado a una red de wifi pública y gratuita – Imagen de Aristóteles Sandoval

Asimismo tambien ha surgido el pishing, una modalidad de fraude donde el usuario es engañado para revelar todos los datos de acceso de su cuenta mediante la invitación a una página falsa idéntica a la de una red social; el sexting o compartir o enviar imágenes o vídeos de contenido erótico y sexual; se ha extendido la proliferación de malware o virús informáticos camuflados en supuestos anuncios, publicaciones, test o juegos y paulatinamente ha aumentado la desprotección de los menores al carecer las redes sociales de filtros para evitar la descarga de las apps o la creación de perfiles.

Datos que no desaparecen: el negocio es el negocio

Pero otro de los riesgos de las redes sociales, intangible, nada visible, es que nuestros datos nunca desaparecen de Internet. De hecho está comprobado que a las grandes compañías les originan más gastos la destrucción de datos que la conservación de los mismos.

Y ese es precisamente el negocio. Desde luego nada es gratis. Los datos de cada uno de nosotros son el carburante que mueve a las empresas publicitarias para captar potenciales clientes. A través de ellos conocen nuestros gustos, preferencias, preocupaciones o deseos, incluso nuestra solvencia económica.  A través de palabras clave utilizadas en nuestras conversaciones, en lo que compartimos en Facebook, en lo que colgamos en Instagram se conoce la utilización que hacemos de las redes sociales o de nuestra ubicación geográfica.

Atrapados en la red.

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