Crítica de ‘Los últimos Jedi’: Star Wars se atasca ampliando el canon

Después de El despertar de la fuerza de J.J. Abrams, inicio de la tercera trilogía del canon de Star Wars, y de Rogue One, la primera de las historias que complementa ese tronco narrativo principal, llega ahora Los últimos Jedi, el octavo episodio de la gran saga. La incorporación de Rian Johnson, responsable de títulos tan sugerentes como Looper, solo puede calificarse de decepcionante: todo sigue demasiado amarrado a los postulados señalados por George Lucas en la primera trilogía y que heredó con tanta fidelidad Abrams el séptimo episodio. A pesar de sus virtudes, que las tiene, la película de Johnson no logra en ningún momento erigirse como un hito del universo warsie.

El proyecto iniciado por los responsables de Star Wars en 2015 con el llamado episodio siete de la saga principal llega a su ecuador. Los últimos jedi supone la tercera entrega de un total de seis, que combina la ampliación del canon comenzado en 1977 con relatos que completan lagunas como la juventud de Han Solo. Y, en este punto medio del camino, se puede hacer una valoración momentánea: el estirón no está siendo especialmente provechoso para el universo creado por George Lucas. Al menos, en el plano cinematográfico (porque en el económico, a buen seguro, está resultando un negocio sumamente rentable). A los continuos problemas en los equipos creativos de las películas se suma la peligrosa sensación de que, en el fondo, la nueva trilogía galáctica no es más que un lavado de cara digital de la trilogía originaria y un revival nostálgico que, lamentablemente, solo funciona a medio gas.

La pesada losa de los episodios IV, V y VI

Cuando se estrenó El despertar de la fuerza hace dos años, la impresión general, independientemente de si la valoración era positiva o negativa, era que Abrams había construido su película sobre la estructura de Una nueva esperanza, el celebérrimo episodio cuatro que abrió la odisea de los Skywalker y compañía. Si bien es cierto que muchas voces apuntaron a la necesidad de una vuelta a los orígenes tras el desvío más o menos afortunado de las tres precuelas dirigidas por George Lucas, no eran pocos los que señalaron que la distancia entre la herencia de una tradición y la copia más o menos sofisiticada era corta.

Los últimos Jedi confirma esa predicción: la película no se despega en ningún momento de sus naves nodriza, nunca mejor dicho. La estructura narrativa es sonrojante a ese respecto: mientras un aspirante a jedi va en busca de un maestro a tal efecto, la resistencia se ve obligada a huir apresuradamente, quedando para el final una revelación sustanciosa (o no tanto) que deja por todo lo alto las expectativas para el siguiente episodio, el último. ¿Estamos hablando de El imperio contraataca o de Los últimos Jedi? No es mala pregunta: la descripción del relato responde a ambas películas. Literalmente.

El despertar de la fuerza lo hizo también, de acuerdo. Pero contaba con dos ventajas con respecto a la obra de Johnson: el impacto de recuperar la mitología original y el protagonismo de Han Solo, el personaje más carismático de los episodios de los setenta y ochenta. El octavo episodio, necesariamente, carece de esos recursos. Y, a la hora de de presentar sus armas, no acierta con la tecla. Desafinación que se manifiesta claramente en su guion.

El desaliño narrativo de Los últimos Jedi

La película de Rian Johnson es errática narrativamente hablando. En ocasiones, roza lo absurdo. Y esto es algo inesperado siendo Johnson un cineasta que, además, es buen escritor. Demasiados sucesos se desencadenan porque sí, demasiadas situaciones se resuelven porque también, y numerosos elementos y personajes que se presuponen de mucho relieve aparecen y desaparecen sin demasiado orden. La gestión de los personajes de Leia y el encarnado por Laura Dern, y su relación con el piloto interpretado por Oscar Isaac es un buen ejemplo: nunca está muy claro el sistema de relaciones entre ellos, y parece que todo depende de cuánto hay que estirar o acortar una secuencia.

La comparación entre las dos líneas argumentales es el principal síntoma: mientras que en la huida de los rebeldes pasan demasiadas cosas, en la instrucción de Rey (Daisy Ridley) con un reaparecido Luke Skywalker apenas pasa nada. La acumulación narrativa conduce al atropello del primer arco, mientras que la ligereza del segundo deriva en la cuasi-inanidad (que se intenta solventar con una supuesta revelación terrible sobre el pasado común de Luke y el villano de la función).

Fruto de este desequilibrio aparece otro de los padecimientos de la película: el protagonismo de Luke Skywalker en detrimento de la princesa Leia, los dos últimos bastiones de la nostalgia warsie. Carrie Fisher era alguien tremendamente magnético dentro y fuera de la pantalla, pero su personaje se desdibuja en la maraña de la huida rebelde. De esta manera, Mark Hamill, ya poco sólido hace cuarenta años, resulta ser el gran resorte emotivo, como lo fuera Harrison Ford en el episodio siete. Las comparaciones son odiosas, no hace falta añadir mucho más.

Los puntos fuertes de Los últimos Jedi

Obviamente, no se trata de una película mala, sino más bien fallida. De lo cual se concluye que, como es natural, presente varias cualidades. La primera y más destacada: el poderío visual, en ocasiones francamente apabullante. Rian Johnson administra a la perfección no pocas secuencias de acción (comabtes aéreos, persecuciones, luchas cuerpo a cuerpo), colocando la cámara como un verdadero virtuoso y jugando con la gama cromática de manera fascinante (el combate en la guarida del líder supremo es un buen ejemplo).

Además, Los últimos Jedi supone la consagración de los nuevos personajes del universo Star Wars: Daisy Ridley, John Boyega, Oscar Isaac y Adam Driver constituyen el humus mitológico de los nuevos espectadores. Defienden sus personajes con entusiasmo, generando la empatía necesaria en función del rol que representan. Y, a su vez, heredan exitosamente funciones que tradicionalmente desempeñaron Luke, Leia, Han Solo, Darth Vader u Obi-Wan Kenobi.

La posible salida de la saga

Tras todo lo dicho, una luz asoma entre tanta duda: el episodio de Rogue One, mucho más separado del canon de Lucas, logró imponer un estilo narrativo, estético e incluso ideológico, que no seguía, sino que enriquecía la propuesta principal. Quizá la solución al evidente desgaste reside en esa cuestión: utilizar el referente como modelo del que desviarse, no como espejo en el que mirarse.

Habrá que esperar al episodio noveno dentro de dos años para ver si, tal y como ya hizo La venganza de los Sith con la trilogía de las precuelas, el broche eleva el listón de todo el conjunto.

 

 

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