Jean-Paul Sartre: el sexo, el deseo y el Otro

Para el filósofo francés Jean-Paul Sartre (1905-1980), el deseo sexual no tiene tanto que ver con los órganos genitales como con los estados, las manifestaciones del ser en la existencia. Los humanos pueden ser considerados como seres sexuales desde que nacen hasta el final de sus días, pero los órganos genitales no dan cuenta de los sentimientos de deseo que tienen las personas.

Deseo normal y deseo sexual según Sartre

No se desea a alguien solamente por placer, ni porque sea en quien uno desahoga su natural pasión. Lo que se desea en última instancia es una conciencia. Sartre observa una gran diferencia entre el deseo sexual y el deseo habitual. Se puede desear beber agua y una vez que se ha hecho eso uno se siente saciado. Así de sencillo. En cambio, el deseo sexual implica un compromiso. La conciencia se ve invadida por el deseo, este último nos obstaculiza el pensamiento.

El deseo, el cuerpo y la conciencia

Se tiene la opción de permitirle al deseo que nos colme o impedir que esto suceda, pero en ambas situaciones el apetito carnal no es parecido a los demás, puesto que incluye a la mente y no solamente al cuerpo. Por lo general se dice que el deseo nos domina o nos controla, lo cual no se presenta cuando se tiene deseo de comer o de beber agua, observa Sartre.

El autor de “El ser y la nada”, compara el deseo sexual con la incontenible necesidad de conciliar el sueño. Por ello uno siente que casi nada se puede hacer contra el deseo sexual. La conciencia deja su lugar a un deseo puro. Se vuelve deseo. Sartre lo explica de esta manera: “El ser que desea se hace a sí mismo cuerpo”.

Hacer objeto del otro a través del deseo

De la misma manera, en el marco del contacto sexual en pareja, Sartre percibe que deseamos hacer de la otra persona solo carne (lo que a su vez nos revela a nosotros mismos como solamente carne). Durante el acto sexual deseamos que la otra persona se quite la ropa y adornos y que deje de moverse para atender a nuestra necesidad, deseamos que esa persona sea un objeto, opina Sartre.

El filósofo francés ejemplifica lo anterior con la figura del bailarín. Para Sartre nadie está menos desnudo, en carne y hueso, que el bailarín, aunque no tenga ropa. El deseo es una tentativa por dejar al cuerpo sin movimientos, como si se tratara de ropa y provocar que se manifieste como carne pura. Sartre observa que en el sexo, a través del deseo, se pretende encarnar el cuerpo del Otro, es decir, de todo lo que no es uno.

La caricia, la libertad y el humano deseo

Es entonces que Sartre destaca a la caricia como una acción que hace nacer la carne del Otro. Es un gesto que hacer nacer en esa persona el deseo y a la vez motiva que experimentemos nuestro propio ser como cuerpo, uno que forma parte del mundo. Sartre describe el juego entre la mente y el cuerpo como una conciencia sepultada en un cuerpo, que a su vez está sepultada en el mundo.

No obstante el pensamiento de Sartre- en última instancia- nos propone una aceptación reflexiva del entorno que nos correspondió vivir, pero con la voluntad de trascenderlo: tomar conciencia del deseo, ineludiblemente libre y humano, de dejar de estar sepultado.

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