Entrevista a Ramón Campos

Ramón Campos es una persona que adora contar historias. Y lo hace realmente bien. Tanto es así que algunas series como Desaparecida, Gran Hotel, Velvet o Fariña se han convertido en auténticos éxitos, galardonadas en Festivales internacionales y vendidas a más de 150 países. Además del mundo audiovisual le apasiona el literario y acaba de publicar “El orfebre”, su primera novela. A raíz de esta publicación hemos tenido la gran suerte de poder entrevistarlo y hablar de su libro, de sus series y de conocerlo un poco más. Desde Galakia le agradecemos infinitamente que nos haya dedicado parte de su tiempo a responder a nuestras preguntas.

Ramón Campos publica su primera novela

Ramón Campos, autor de “El orfebre” – image vía Planetadelibros.com

Hasta ahora has escrito guiones para numerosas series que además se han convertido en verdaderos éxitos, y ahora acabas de publicar tu primera novela. Está claro que lo tuyo es contar historias, de una u otra manera. ¿Ha sido siempre así porque tus padres o abuelos te contaban historias o es algo que has ido descubriendo conforme iba pasando el tiempo?

Pues fíjate, no era tanto por mis padres o mis abuelos porque mi abuelo era cantero y el pobre hombre no había estudiado. Y mi padre era marino mercante y se pasaba muchos meses en el mar y estaba muy poco tiempo en casa. Tengo que decir que desde muy niño tenía claro que a mí me gustaba contar cosas. Y, además, la señora que nos cuidaba, mientras ella se ponía a planchar, nos ponía las series de TVE como Cristal, Falcon Crest, y todas estas telenovelas maravillosas (risas) repletas de grandes dramas y de grandes amores. Y de ahí viene mi amor por el melodrama.

Según mi madre, desde que era pequeñito me gustaba escribir historias y ella siempre encontraba libretas en las que aparecían personajes como Carlos Jesús, que dejaba a María Manuela sola, abandonada y se marchaba, por ejemplo (risas). Y así es como empecé escribiendo historias desde pequeñito. Supongo que me viene desde hace mucho, muchísimo tiempo.

La mayoría de tus series están enmarcadas a principios o a mediados del siglo XX, excepto Fariña que es de finales del siglo XX. Y ahora con “El orfebre” nos trasladas hasta la segunda mitad del siglo XIX. ¿Qué tiene la historia que le llama tanto la atención a Ramón Campos?

Lo que tiene la historia es la época. No es lo mismo hablar de series de actualidad a hablar de series de otra época. Las historias que desarrollamos en Bambú, y es verdad que nos vamos a otra época, hablan del melodrama, los amores y desamores, y sobre todo de las dificultades o los amores imposibles que, por otro lado, son muy complicados de enmarcarlos en estos momentos. En la actualidad ya no hay distinción de clases y ya resulta muy difícil de creer que alguien no pueda estar con otra persona, a no ser que haya un conflicto de religiones de por medio, por ejemplo.

Este tipo de dramas o melodramas son más difíciles de enmarcar en la actualidad porque ya no son creíbles en España a día de hoy. Tu creas una serie en la que alguien saca una pistola y puede resultar un poco extraño, ¿no? Yo no conozco a nadie de mi entorno que tenga una pistola, por ejemplo, por eso a mí se me hace muy fuera de tono. En cambio, cuando te trasladas a otra época sí que entiendes que, en ese momento concreto, este tipo de cosas sí pasaban, por lo que nos permiten contar las cosas de otra manera. Luego, a medida que nos vamos acercando a la actualidad, nosotros hemos ido creando melodramas alrededor de misterios o thrillers como Desaparecida, Bajo sospecha o Fariña que se acerca a los años 90. Pero ya son conceptos muy concretos y la fuerza viene de otro lado. Ya no viene del melodrama romántico, sino que, como acabo de comentar, viene del thriller o del misterio.

Tu primera inmersión en el mundo literario ha sido de la mano de una novela de aventuras que nos hace viajar hasta Ámsterdam, primero, y luego hacia Ciudad del Cabo para poner rumbo hacia las minas de Kimberlye pasando por el desierto. ¿Es este género uno de tus favoritos o simplemente ha surgido así?

Pues ha ido surgiendo, fíjate. La novela nace de un libro que descubro y que se llama “Manual de diamantista”, publicado en 1880. Y, a partir de ahí, me pongo a documentarme sobre la historia de los diamantes y de los orfebres. Este manual es muy llamativo porque se trata de un libro, casi escrito en pergamino, en papel muy sedoso, encuadernado en cuero, y, de repente comienzo a documentarme también sobre este libro. Me llamó mucho la atención el nivel de detalle de la orfebrería, desde el punto de vista técnico. En esa documentación sobre los diamantes encuentro la historia de Kimberley, que nace como ciudad porque se encuentra un diamante al pie de una montaña. Esta montaña, con la llegada de miles de mineros de todo el mundo buscando fortuna, se acaba convirtiendo en un agujero de 240 metros de profundidad. A mí me impresiona mucho cómo la gente acaba llegando allí, de forma masiva, para encontrar diamantes por el hecho de que haya aparecido un solo diamante. Y mucho más aún cuando descubro que en esa montaña se acaban encontrando, a lo largo de toda la historia de esta mina hasta que se cierra, 2400 kg. de diamantes. Como ves, es algo épico.

Entonces es ahí como surge la idea de “El orfebre

¡Claro! me pongo a documentarme sobre toda la historia y me doy cuenta de que, primero, no voy a poder hacerlo de forma audiovisual porque es un presupuesto de un nivel muy alto y va a ser muy, muy difícil que lo maneje. Y, segundo, de que sí que hay una historia y me apetece contarla, y contarla desde el punto de vista de un español que llega allí.  Y así es como empiezo con la novela.

El personaje de tu novela es un barcelonés. ¿Fue algo que te surgió así o es como un pequeño guiño a Marc Monzó, considerado como mejor orfebre de Europa y galardonado con el Premio de la Fundación Françoise Van den Bosch?

Pues fíjate que no lo sabía. ¡Qué curioso! No tenía ni idea de que el mejor orfebre fuera catalán. A mi personaje lo situé en Cataluña porque, documentándome sobre la época en la que aparece este diamante en Kimberley, encuentro que en Cataluña existían los esclavistas, y que principalmente los esclavistas o traficantes de esclavos al nuevo mundo eran los catalanes. Como quería tratar el tema del esclavismo, aunque fuera de forma tangencial, situé a mi orfebre ahí. Y ves cómo una cuestión de documentación te va llevando de una a otra, y te va situando los elementos de la historia. Pero no sabía lo que me cuentas del orfebre catalán. Y la verdad es que es una curiosidad muy bonita.

¿Y es Ramón Campos de los que necesitan una escaleta o se pone a escribir y deja que le guíe su imaginación, en cuanto a escribir la novela?

En el mundo audiovisual es obligatorio trabajar con una escaleta y con un tratamiento porque trabajamos equipos muy grandes. El guión como tal no es un trabajo autoral, sino que es un trabajo de equipo y más cuando se trata de hacer guiones de series de televisión. Date cuenta de que si un guión no se llega a producir no tiene valor alguno.

En el caso de la novela quise disfrutar del proceso contrario. Lo único que sabía era que iba a acabar tirando a Kimberley porque era clave en la historia, pero no quería saber cómo iba a llegar y cómo se iban a comportar los personajes. No tenía ni idea de qué iba a hacer el marqués, o Etwara, que me sorprendió a mí mismo escapándose. En el momento en el que el marqués está en cubierta borracho y obliga al orfebre a ir a cubierta me sorprendió, como te digo, a mí mismo.

Esto ya lo había escuchado en algunos autores y me parecía un poco tópico y decía, ¡venga ya! Yo, que he escrito series, sé que está todo pensado y que todo está muy analizado. Pero te juro que en el momento en el que me ponía en el proceso de escritura y los personajes ya estaban creados y ya tenía las aristas, de repente ellos empezaban a comportarse con una libertad que me parecía fascinante. Es más, yo me sentaba divertido a escribir porque me los encontraba actuando libremente. Tanto, que hubo un momento en la novela que me dije a mí mismo: tengo que intentar analizar qué viaje van a hacer estos personajes porque no tengo claro si el arco que están haciendo es lógico, ¿no? Lo que hice en ese momento fue vaciar mi salón por completo, coloqué toda la novela impresa en el suelo e iba paseando por encima. Parecía Jack Nicholson en “El resplandor” (risas), y de ahí iba viendo y mirando todo. Me iba preguntando por la musicalidad de la novela, y diciéndome: esto suena bien, esto no… De repente, veo a mi personaje que está haciendo esto y lo otro. Ahí es donde empecé a modificar muy pequeñas cositas para intentar que eso tuviera coherencia porque escribí con mucha libertad y me dejé llevar hasta donde me llevara.

Hay también varias descripciones que parecen bastante reales de la Ciudad del Cabo, de las minas o incluso del desierto. ¿Has estado en esos lugares para escribir la novela?

La verdad es que a Sudáfrica tuve que ir. Barcelona la conocía y además podía documentarme fácilmente. Lo mismo me pasó con Ámsterdam, que era muy fácil documentarme. Sin embargo, cuando intenté buscar información de Sudáfrica y, sobre todo sobre la Sudáfrica del siglo XIX, me encontré con que en España había muy poca información que hablara de ello. Algunos diarios de Mark Twain y poco más. Y cuando llamaba a Sudáfrica, a la Ciudad del Cabo o al propio Kimberley para pedir información, o bien me daban largas y nadie quería ponerse a trabajar para mí, entre comillas, en el sentido de buscar periódicos o libros de esa época, o los que querían ayudarme me pedían un auténtico dineral. Y en ese punto, hubo un momento en el que le dije a Teresa, que es mi mujer además de mi socia, que tenía que ir a Sudáfrica porque estaba llegando en la novela a la Ciudad del Cabo y no sabía qué iba a sentir mi personaje, qué iba a ser del orfebre, no sabía con quién iba a hablar ni de qué. Tampoco sabía qué iba a comer ni nada. Y eso me angustiaba. El hecho de escribir sobre algo que no conoces de ninguna de las maneras y que no te has documentado, y que luego resulte ser un fraude, incluso para mí mismo, me parecía que era un error.

Así, de un lunes para otro lunes, organizamos un viaje, me fui a Ciudad del Cabo, estuve allí durante unos días con una guía, una señora argentina maravillosa que vive toda la vida allí con sus hijos y con su marido, y me enseñó toda la Ciudad del Cabo. Yo le dije qué iba necesitando para la historia de “El orfebre” y ella me iba enseñándolo. Desde el hospital al faro, pasando por el Cerro de las Señales, llegando a comer lo que habría comido el protagonista. Me enseñó dónde se ubicaría el hotel, dónde estaría la estación del tren, así como qué había y qué no había en aquella época. Ella me iba explicando todo.

Posteriormente, me trasladé a Kimberley que es un lugar ya mucho más peligroso porque, aunque en su día fue muy rico gracias a los diamantes, después de extraer los 2400 kg. de diamantes los europeos se marcharon y dejaron una tierra pobre y sin nada, esquilmada y sin una posible industria allí. Entonces, tienes que salir con guardaespaldas por la calle porque te pueden atracar. Y allí estuve viendo el monte, que es un lugar increíble y hace que te preguntes cómo podían hacer esto hombres con sus manos… Es la sensación que tienes cuando estás en Egipto delante de las pirámides y te preguntas ¿cómo se hace esto? ¡Es impresionante! Imagínate 240 metros hacia abajo y todo hecho a mano… Increíble.

Kimberley, Big Hole

Ciudad de Kimberley, en Sudáfrica – image vía Wikipedia.

 De allí me fui a la biblioteca de Kimberley y allí encontré a gente muy amable y me ayudaron con periódicos y libros muy bien clasificados de esa época. Y después me fui a una librería de vijo y me traje dos maletas llenas de libros de diarios de viajeros que habían ido y estado en Kimberley. Así como tienen mucha delincuencia y es una ciudad muy pobre, a nivel cultural son conscientes de que tienen una historia detrás y deben mantenerla y, en ese sentido, lo tienen muy bien cuidado y clasificado. Me vine de allí, esto fue en 2017, y ya con toda la información ya pude escribir toda la parte de Sudáfrica más en detalle.

Los personajes están realmente bien perfilados. Cada uno a su forma: el padre, un hombre sabio, buen profesional, pero también callado, muy callado. La madre, una mujer sencilla y agradable, preocupada y también un poquito débil. El joven orfebre, tan dispuesto a todo por conseguir ese diamante tan ansiado para Isabel y que en esos viajes va descubriendo cómo todo aquello que su padre le ha enseñado, Etweda, el esclavo, el desalmado del marqués… ¿te has inspirado en personas reales para poder crearlos o simplemente han ido surgiendo así?

Solo hay uno, el padre, que me inspiré en mi propio padre que acababa de fallecer cuando escribí la novela y para mí era importante. Era un hombre muy callado que siempre había estado acostumbrado a estar en el mar durante muchísimos meses y en soledad, y casi no hablaba. Y cuando lo hacía era para decir algo importante. Para él, hablar por hablar, no era posible. Y gran parte de lo que hace el padre y cómo se comporta el padre del orfebre está inspirado en él. 

Y, a partir de ahí el resto de los personajes no están inspirados en nadie en concreto. Lo importante es, lo que te decía antes, que el amor te acompaña día a día y es clave. El amor platónico de Isabel es eso, platónico, pero no está inspirado en alguien real. Algunos personajes me los voy encontrando en la propia historia y se van creando en ese sentido.

Hay algunas frases que no tienen desperdicio como, por ejemplo: “Tanto trabajo para que, al final, nadie se acuerde de ellos. Fíjate siempre en lo que te rodea. La mayoría de las veces eso ha supuesto el trabajo de mucha gente durante mucho tiempo. Siéntete orgulloso de cada una de las piezas que haces. Aunque sean los señores los que pasan a la posteridad, somos los trabajadores los que construimos el mundo“. ¿Algunas de las que has usado provienen de consejos de tu infancia? ¿de ese padre que cuando hablaba era para decirte algo importante o darte un buen consejo?

Esta frase tiene mucho que ver también con el mundo audiovisual porque muchas veces nos quedamos con un nombre, pero en este trabajo hay un gran equipo detrás, y la mayoría de los nombres del equipo no sale a la luz. Una serie de televisión no es una serie de Ramón Campos, sino que es una serie de 120 personas que trabajan conmigo. Y eso mismo lo puedes trasladar a la Catedral de Santiago o a cualquier otro edificio u obra colectiva. Para mí eso, de alguna manera, es muy importante y eso lo traslado mucho al equipo con el que trabajo porque esto es un trabajo de todos y acordémonos del equipo que trabaja con nosotros. Es una buena forma de controlar tu ego.

No son tanto los consejos que a mí me han dado sino cosas que he ido aprendiendo y que yo he sido consciente, a lo largo de mi vida. Cuestiones que han sido importantes para mí y que intento transmitir a mis hijas. Claro que hay algunas frases que mi padre me ha transmitido a mí, pero otras que, a lo largo de los años, me han llevado hasta ahí.

Es cierto que nosotros llevamos ya 10 años en el audiovisual y que eso nos permite ver el mundo de otra manera. Ya tenemos nuestros egos cubiertos, ya no necesitamos llamar la atención de nadie para estar en primera línea. Y reconozco que esta sensación o este sentimiento de orgullo obrero yo lo tengo muy arraigado porque todos somos parte del equipo. Una casa no solo la hace una persona. Es verdad que hay un arquitecto, pero este necesita obreros, albañiles, fontaneros… Es un equipo el que construye todo y si eso lo llevas a otra época ocurre exactamente igual.

Para conocer un poco más de cerca al autor: ¿cómo se definiría Ramón Campos además de contador de historias, creador de series y, ahora, escritor?

Wow, pues me definiría como un chico de pueblo que consiguió cumplir sus sueños de contar historias.

¿Qué novela te hubiera gustado escribir?

Hay tres: De Baricco, de Pamuk y de Maxence Fermine. Son “Seda”, “Nieve” y “Opio”. Para mí esas tres novelas son una maravilla. Son auténticos poemas.

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Y hablando del mundo audiovisual, ¿qué serie te hubiera gustado escribir?

¡Qué buena pregunta! Sin duda, la gran serie entre las series, Breaking Bad. Fíjate, escuché hace un tiempo a un director de cine que entrevistaron en la televisión y le preguntaron si, además de hacer cine como hace, haría series de televisión y respondió que haría televisión si le dejasen hacer Breaking Bad. Y yo dije, no, no es si te dejasen hacer Breaking Bad, es si supieses hacer Breaking Bad porque esta serie es una obra de arte. Muy poca gente en el mundo está capacitada para hacer esta serie. Son grandes genios. Como ves, para mí Breaking Bad está en el olimpo de las series.

Esta pregunta se la hago a algunos entrevistados, ¿en qué otras artes además de la literatura te pierdes?

La fotografía, pero como coleccionista. Soy coleccionista de fotografía desde hace años y me encanta. Disfruto mucho haciéndola. No tengo talento, o no el necesario a ese nivel como para hacer fotografía artística, pero colecciono fotografía española de los años 50 y 60 como Català- Roca, Gabriel Cualladó, Cristina García Rodero, algo más actual. Y colecciono fotografías suyas que disfruto muchísimo.

Si te tuvieras que definir con una canción, ¿con cuál te definirías?

¡Qué buena pregunta! No te sabría decir porque no soy muy de música. Posiblemente con alguna de Mike Olfield que me recuerda mucho a mi infancia.

Y para finalizar esta entrevista, una última pregunta y que suelo hacer habitualmente a los escritores. Estamos en un mundo totalmente conectado y tenemos todo aquello que necesitamos a un solo click. A veces viene muy bien porque puede facilitarnos las cosas en cuanto a búsqueda de información, formación, datos etc. pero otras veces no es tan bueno, sobre todo en cuanto al pirateo de películas, libros, música… ¿Qué medidas crees que se podrían tomar, en tu opinión, para combatir estos aspectos?

¡Qué pregunta más difícil! Yo soy muy, muy consciente del pirateo, tanto que a mis hijas les compro muchas películas. Tengo una gran videoteca y biblioteca, compro muchas películas y libros. Y muchas veces me compro los libros, tanto en digital como en físico, porque me gusta tenerlos en ambos formatos. A mis hijas les llevo a comprar, tanto películas como libros, y les doy el dinero a ellas para que sean ellas las que paguen y así sean conscientes de que esa película que ven (porque ahora con Netflix etc. se pierde un poco la transmisión del dinero) vale dinero. Lo mismo con los libros. Y yo intento que sean conscientes de que hay una industria detrás, y que nosotros somos parte de esa industria. Pero la verdad es que es muy complicado de controlar si el gobierno no quiere hacerlo. Y la única manera que se puede controlar la piratería es a través de la toma de medidas por parte del gobierno. Es este quien puede establecer unas pautas para que las empresas de telecomunicaciones decidan controlar ese tipo de transmisión de datos. Creo que depende más del interés del gobierno y de que las empresas telefónicas quieran hacer algo al respecto o no, o lo que podemos hacer nosotros mismos como consumidores. Ponerle puertas al campo, desde nuestro lado, es imposible.

Hace un par de años pasó una cosa muy curiosa en España. Con la llegada de Netflix, se redujo la piratería audiovisual en nuestro país casi un 30%. Pero ahora, con la llegada de Amazon, Apple y este tipo de plataformas, ha vuelto a subir porque la gente, en un principio, pensaba que con la llegada de Netflix ya no necesitaba piratear porque ahí encontraría todo el contenido. Sin embargo, ahora como la oferta es tan amplia y en tantas plataformas diferentes, la gente no está dispuesta a pagar a todas las plataformas. Y al final se vuelve a piratear de nuevo. Quizás, la solución pase por una especie de Spotify de series y películas. Y quizás, algún día, las plataformas se pongan de acuerdo para que, cada una, cobre por las visualizaciones de su contenido.

Y no hay que olvidar que hay una parte de educación, por supuesto. La gente tendría que ser consciente de todo el trabajo que conlleva crear una serie, una película o escribir un libro.

Muchas gracias por concederme esta entrevista

Muchísimas gracias a ti. Un placer.

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