Crítica de “La La Land: Una Historia de Amor”, de Damien Chazelle, con Ryan Gosling y Emma Stone

“La La Land: Una Historia de Amor”, del realizador Damien Chazelle, es un melancólico y potente tributo al cine clásico, en especial al musical, al arte y a la industria cinematográfica. Estelarizan Ryan Gosling y Emma Stone.

En pocas ocasiones, la expectativa hacia un proyecto cinematográfico alcanza niveles que superan los círculos de la crítica y atraen al público. El cine musical, uno de los géneros más antiguos y propio de la industria estadounidense tuvo una destacada época dorada en las décadas de los cincuenta y sesenta. A su vez, ha tenido un notorio resurgimiento de manera reciente y es capaz de provocar grandes divisiones a causa de la reiterada presencia de canciones y baile para narrar alguna historia de amor o la lucha por los sueños.

“La La Land: Una Historia de Amor” (La La Land, 2016), además de retomar los elementos mencionadas, resulta un visionario moderno del escenario de la música, la lírica y los vaivenes de la industria bajo el punto de vista de dos artistas que están en la búsqueda por el cumplimiento del sueño en Hollywood. La cinta de Damien Chazelle es también conocida con los títulos de “La La Land: La Ciudad de las Estrellas” y “La La Land: Ciudad de Sueños”.

Trama de “La La Land: Una Historia de Amor”: El balance del musical

Sebastian (Ryan Gosling) es un joven pianista que sueña con abrir su propio club de jazz a la vieja usanza tradicional. Mia (Emma Stone), es una aspirante a actriz que asiste a audiciones sin éxito.

Ambos lucharán por alcanzar sus respectivas metas, enamorándose en el proceso y enfrentando sucesos que pondrán a prueba sus aspiraciones artísticas y su relación amorosa.

Crítica de “La La Land: Una Historia de Amor”: Un nostálgico musical sobre la dificultad y perseverancia

Musical Emma Stone Ryan Gosling

La La Land (2016) ryangoslingsource tumbr

Después de obtener un estatus de culto gracias a la estridencia de jazz y la dualidad de maestro y estudiante en “Whiplash: Música y Obsesión” (Whiplash, 2014), el realizador Damien Chazelle prosigue con el retrato de la pasión por la música que lo dio a conocer para recrea una historia de amor rodeada por Hollywood, la adversidad y el arte.

El musical, con un aura especial evocador del cine clásico hollywoodense en estructura, transiciones y en pequeños guiños (resaltando por ejemplo “Rebelde Sin Causa” de Nicholas Ray), entreteje la cuestión agridulce de la vida para reafirmar también el romance que se presenta, no sin antes crear la inicial apertura que resalta el concepto de modernidad.

Chazelle, con el guion de su propia autoría, presenta las individualidades en la búsqueda de Sebastian y Mia por realizar sus sueños evidencia el complicado proceso por el que todo artista debe someterse para llegar a la cúspide. Él, aferrado al pasado del jazz, ella acudiendo a innumerables castings sin rendir frutos, entretejiéndose paulatinamente un cálido romance (después de odiarse en un inicio) que será golpeado por los embates de las circunstacias bajo un tono agridulce, capaz de poner a prueba una relación, con la transición del tiempo, los colores y de las estaciones inspiradas en “Los Paraguas de Cherburgo” (Les Parapluies de Cherbourg, 1964) de Jacques Demy.

La química y las sólidas interpretaciones de Ryan Gosling y Emma Stone, imperfectos como cantantes y bailarines pero a su vez dulces y carismáticos en presencia, fungen como uno de los motores primordiales que crea simpatía hacia sus respectivos personajes. La perspectiva romántica, típica del género y sin mucha originalidad, brilla por la cuestión técnica desplegada, alejada del excéntrico y rimbombante espectáculo de la también moderna “Moulin Rouge!” (2001).

El estilo visual del relato, con una pulcra concepción en la que el dinamismo de las coreografías y su detallada ejecución sobresalen a través del poético juego de colores en tonos pastel, el claroscuro del fracaso, la intimidad de un sutil azul, el baile en medio de las estrellas y un cielo violáceo por parte de la cuidada, sutil y expresiva fotografía de Linus Sandgren. Todo ello acompañado por la nostalgia pianística y la sutilidad instrumental del score de Justin Hurwitz, así como a través de las bien logradas piezas de baile que rinden tributo al clasicismo dorado de “Cantando Bajo la Lluvia” (Singin´ in the Rain, 1952) y a la mancuerna básica de los musicales de Fred Astaire y Ginger Rogers.

Alejada de congéneres musicales como la oscuridad gangsteril de “Chicago” (2002) o de la fantasía de “En el Bosque” (Into The Woods, 2014), “La La Land: Una Historia de Amor” no cuenta con una trama muy original en su perspectiva de sueños y amores, pero trasciende con creces gracias a la fuerza de su estética, la seducción de la música y sus canciones, el balance de canto y danza y de los destacados momentos que guía hacia el golpe de la realidad.

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La La Land: Una Historia de Amor
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