Carta natal, una combinación de psicología y astrología

Un conocimiento general de los principios básicos de la psicología, derivará en un buen informe, al momento de entregar los resultados de una carta natal.

De ninguna manera el astrólogo es un psicoanalista, debiendo saber derivar a éste un caso, cuando la complejidad de la situación lo amerite. No obstante, el astrólogo debe poseer unas mínimas nociones sobre la ciencia de la Psicología, para una mayor profundidad y cohesión de su trabajo interpretativo.

Nociones de consciente, subconsciente e inconsciente

En primer lugar, el astrólogo debe saber distinguir entre los conceptos de consciente, subconsciente, e inconsciente, que conforman e integran la estructura psicológica humana toda.
La parte consciente de esta estructura, como se deduce fácilmente, está conformada por todo aquello que el individuo sabe y conoce de sí mismo, tanto en el aspecto psicológico como físico, y de su conexión con el mundo que le rodea. El inconsciente, entonces, es respecto de lo mismo, todo aquello que el individuo desconoce.

El poder de la mente subconsciente

Pero, claro, estos no son de ninguna manera compartimientos estancos dentro del ser, muchos de los elementos y contenidos pertenecientes, encerrados en el inconsciente, están plausibles de ser transferidos a la parte consciente, para su descubrimiento por parte del individuo. Claro, también, estas transferencias no ocurrirán de manera casual, ni desorganizada ni anárquica; para ello existe un tercer estadio de la estructura psicológica, ubicada entre el consciente y el inconsciente, el subconsciente, que servirá de “puente” y de “filtro”, para todos aquellos contenidos inconscientes que sean trasladados a la parte consciente.
El subconsciente, podríamos entenderlo así, recibe información del inconsciente, y la hace plausible de ser conocida por el consciente. Desde ya, el consciente no tiene de manera ordinaria posibilidad de entrar en contacto directo con los contenidos inconscientes, pero ya sí al menos podrá vislumbrar un reflejo de lo que pueda hallarse resguardado en el subconsciente, a la espera de ser enviado por completo al consciente.
Técnicamente se llama “barreras de censura” a aquellos umbrales que separan al consciente del subconsciente, y a éste del inconsciente. Tales barreras no son de ninguna manera rígidas del todo, sino que siempre están proclives a debilitarse o refortalecerse, dependiendo de un estado psicológico momentáneo, y de una autorregulación que sobre este tráfico de información la estructura psicológica toda ejerce.

Trances, sueños y alucinaciones

El mejor ejemplo práctico de lo que representa una transferencia de contenido subconsciente a consciente ocurre con lo que significan nuestros sueños oníricos, como fenómenos en sí mismos. La alegoría, incluso, que un sueño de esta especie puede contener, no será más que un recurso del aparato psicológico, de hacer inteligible al consciente el dato o la información que el subconsciente le acaba de brindar.
Las posibilidades de entrar en contacto voluntario (trance), de consciente a inconsciente, ya pertenecen al dominio de disciplinas tales como el control mental, hipnotismo, diversos tipos de yoga, etc., o a disfuncionalidades cerebrales productos del uso de drogas o del suceso de accidentes severos.

Conceptos de yo, ello y superyó

Otro enfoque respecto de lo antedicho, completamente independiente de eso, y muy importante de tener en cuenta, son los conceptos que también se debe saber manejar, siempre respecto de psicología básica, acerca de yo, ello y superyó.
Desde este nuevo enfoque, se llama “yo” al ser consciente, a la identidad racionalmente asumida, incluyendo todos los aspectos que le atañen, sean estos inherentes a la propia identidad o heredados, a través de la educación, la idiosincrasia cultural de tiempo y lugar en que se produce el desarrollo, etc.
De otro modo, la figura del “ello” (“id” en latín, el “it” de los ingleses) puede identificarse con el área del inconsciente, pero en realidad, es mucho más que eso. En el individuo humano, el ser está aún relacionado con su parte animal, con su sustrato aún primitivo y salvaje; es el ser de los deseos desenfrenados, de los apetitos impostergables; “ello”, en el hombre, es todo aquello que no se desea reconocer de uno mismos, porque repulsa, tal como ser civilizado y cultural el individuo puede llegar a reconocerse. Sin embargo, las ambiciones, pasiones, apetitos y toda clase de deseos irracionales, son del dominio del “ello”, todo aquello que el sujeto reprime también lo es, y que lo reprime porque toda consideración acerca de un posible dar “rienda suelta” a estas pulsiones le horroriza.
Para paliar esta dicotomía es que existe el “superyó”. El “superyó” es también una entidad de nuestro aparato psicológico, la que también se asocia más con las partes inconscientes o subconscientes, antes que con las conscientes. El “superyó” es una suerte de equilibrio o de resultante entre el “yo” y el “ello”, lo que se puede definir como poder mediador, o lo que más comúnmente puede reconocerse como a “la voz de la consciencia”, pero aún de una manera completamente intuitiva, antes que intelectual o racional, pues desde este punto de vista, el accionar del “superyó” puede percibirse más de una manera refleja antes que como a cualquier suerte de intelectualización.
La acción del “superyó” se evidencia, seguramente, cuando se provoca algún daño más o menos inofensivo a la persona que de otra manera se querría asesinar, que el “ello”, al menos, querría asesinar. O cuando luego de haber estado teniendo por horas fantasías eróticas con una compañera de oficina, a quien apenas se conoce, el individuo regresa a casa a descargar, a sublimar aquellas fantasías con su esposa, quien por otra parte, ajena a las reales motivaciones de su marido, puede resultar feliz.

Otros ejemplos del “otro yo”

Un hombre que desea experimentar con drogas pero teme destruir su cerebro si consume cocaína, entonces se consuela y se conforma con un simple porro, sería otro caso. Un asesino en potencia, que de otro modo, se alista en el ejército y va a la guerra. Los estudios de psicología están llenos de casos y de ejemplos de estas cuestiones.
Una persona con un “superyó” débil (con un “ello” fortalecido) sería el ejemplo de un caso patológico. Las secciones de policiales de los periódicos y de los informativos de TV están repletas de ejemplos.

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